Doménico Salvatore tras italianizar varios rincones gijoneses acaba de abrir su casa propia bajo la reconfortante y sabia referencia familiar de La Nonna

Dado que la espera nos protege de recalentados mortecinos, llevémosla con alguno de los aperitivos ofrecidos para acortarla , como por ejemplo unas aceitunas aliñadas con aceite, ajo, perejil y pimientos, mientras ojeamos la oferta que sin ceder italianidad incorpora algunas influencias –mejillones a la sidra, ravioli con crema de oricios– de la patria adoptiva.

Muchas de las alternativas llaman la atención: espárragos albardados con marisco al forno, carpaccios de salmón y buey, verduras rellenas, berenjenas parmigianas, ensaladas heterogéneas –la que lleva el nombre de la casa combina lechuga, tomate, cebolla, queso, carne asada y salsa– escalopines a la napolitana, a la pizzaiola, al vino rosso, a la milanesa, y a las otras maneras que comparten entrecotes y solomillos...

Y, lógicamente, las pastas caseras –cannellone, lasagne, combinazione– y especialidades del chef –tortelloni, gnochetti, ravioli, fiochetti, stracci– acompañadas de verduras, carnes, pescados, huevos, mariscos, quesos y salsas de amplias esencias y condiciones.

Y llegó el pulpo al gusto del chef con una acertada compañía de salsa de almejas, gambas, sofritín y crujiente lechuga, y una perfecta textura –dura de partida y fácilmente incisiva de continuación– que huye de la errónea y bastante común blandura fláccida; y los marineros espárragos con salsa de centollo y oricios, y los ‘staccci’ o pasta frita con setas, tomate natural y mozarella, y el rojo y perfumado entrecot con pasta que merecidamente encabeza peticiones.

De entre los postres artesanos, el delicado tiramisú parecía salido de manos monjiles, y eso que –así me lo contaron– debe su nombre a las reconstituyentes y reconfortantes virtudes con que bendice las noches de pasión. Para pedir doble ración si tal ocurriera.